10 de Diciembre: Hambre de Dios parte 2

Escucha:

Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. (Lucas 19:5)

Piensa:

La historia de Zaqueo es una historia de gracia. Hay un rico recaudador de impuestos que anhela ver a Jesús, hasta el punto de subir a un árbol. ¿Qué quería? ¿Para saber quién era Jesús y luego tratar de encontrarlo? ¿Fue sólo ese instinto el que nos hace querer ver a alguien cuya fama nos impresiona? Y entonces Jesús va hacia él, lo llama por su nombre y le pide alojamiento en su casa. La gracia nos hace importantes para Dios.

El lejano Jesús, de difícil acceso, se revela cercano e íntimo. Se entrega a Zaqueo. Tiene tiempo para Zaqueo. Si, estoy en lo cierto, Jesús en este pasaje nos está mostrando cómo es el corazón de Dios. Nos muestra que no se esconde ni dificulta nuestro acercamiento. ¡Al contrario! Se anticipa. Pero no nos damos cuenta, no vemos, estamos ocupados fijando nuestros ojos en nosotros mismos. No creemos que pueda mirarnos amistosamente y decirnos: “¡Los conozco! ¡Vámonos! ¡Tenemos mucho de que hablar!” La gracia es la forma en que Dios se hace nuestro amigo antes de que nosotros seamos sus amigos.

Tal vez la primera impresión que tuvimos de Dios se quedó. Tal vez la iglesia que nos inspiró en la fe nos advirtió sobre la distancia y la santidad de Dios de una manera que nos hizo pensar que la relación con el Señor es algo para los demás, no para nosotros. Si este ha sido alguna vez el caso en tu vida es mejor intentar el siguiente punto de vista. Deberíamos arriesgarnos a creer que somos conocidos, amados y bienvenidos. Que Dios está cerca y tiene todo el tiempo del mundo para nosotros. Ni siquiera tenemos que dar explicaciones: Ya lo sabe todo. Sólo tenemos que aceptar Su invitación, como lo hizo Zaqueo con Jesús y acostumbrarnos a su presencia. ¡Inténtalo alguna vez! No camines solo. Aunque pienses, en algún momento, por una u otra razón que no lo merezcas, Dios es tu amigo. Ve a casa con él. Él te ama. ¡La presencia de Dios cambiará tu vida!

Ora:

Señor, abro mi corazón a Tu presencia constante y mi vida. Transfórmame, guíame y enseñáme el camino correcto según Tu voluntad. Amén